Llegó la primavera

Me llamo… bueno, no importa cómo me llamo; tengo quince años, stress, mal de amores, y voy a la clase de 4º A. Claro está (y demostrado también) que el apogeo del apareamiento humano se produce en ésta estación: la Primavera. Pero en las personas como yo que no tenemos capacidad para levantar pasiones, un sex-appeal que no responde muy bien, que tenemos una envidia enorme de aquellos que lo hacen por triplicado y que estamos, como se suele decir, “más quemaos que la (…) de un negro” (ésto no me lo inventé yo) la primavera nos tortura, nos retuerce las entrañas y practica el sadomasoquismo con nuestros sentimientos. Quizá exagere un poco, pero claro, yo he sufrido bastante en todos los aspectos. Bueno, yo a lo que me he prestado es a contar mi primera experiencia ¿amorosa?, que fue todo un fracaso. Situémonos.

Yo era (y sigo siendo) un materialista sexual o, dicho de otro modo y más coloquialmente, un quemao de la vida. ¿Razones? Sí, bueno, más o menos. A causa de la cantidad de “género” que abunda por el instituto, he desarrollado, si se le puede llamar así, esta cualidad. Siempre estoy observando minuciosamente las “cualidades femeninas” del centro. Por eso cito que soy un materialista al noventa por cien. Aparte que en la clase todos conocen mi debilidad por la materia.

Pues dejé de serlo una temporada (porque como, insisto, sigo siéndolo) de no mucha duración, unas dos o tres semanas, por culpa de un incidente inesperado (el principal tema de éste relato). La, que podemos considerar, desafortunada era y sigue siendo de estatura baja. Su cara, angelical, formada por unos labios gruesos, dos incisivos sobresalientes del resto de su colección personal de perlas, unos ojos marrones y unos mofletes inflados que hacen ésta más infantil; es lo que más observo durante el día. Su carácter alegre ante la vida es una de las cosas que más me fascinan de ella. Yo en principio no tengo tengo una personalidad propiamente definida, soy más bien bajito, estoy delgado, llevo gafas, tengo un pelado muy sofisticado (Y el que me conozca sabrá lo que quiero decir), tengo una cicatriz en el labio inferior y otra en la cabeza y, fundamentalmente, se percibe mi presencia a causa de los exagerados gestos que hago con los brazos al intentar expresarme.

La ya citada, descrita, pero no nombrada ¿mujer de mi vida? (¡Pobrecilla! ¡Tan joven!) se me había metido, sin apenas darme cuenta en el pensamiento, transformándose éste en una obsesión que no comía pero que tampoco dejaba comer. Me moría de ganas de contárselo todo a mis amigos; intenté controlarlo pero se me fue de las manos y acabé confesando. Mis amigos (pobres de ellos, tener que soportarme todo el día) decidieron ayudarme (y no sé si lo hicieron por lucro personal o por puro sentimiento de amistad). Lo primero era informarse de cómo estaba la situación y el primer paso, saber si tiene novio, fue sobre ruedas; en fin, no lo tenía. Más tarde le dieron un adelanto de lo que sería el patético desencadenamiento incontrolado de hechos. Cuando me informaron sobre dicha conversación que tuvieron con ella me alegré; sin duda éste podía ser el comienzo de algo más que una gran amistad. Lo que no sabía era lo que estaba por venir. Por mi parte, yo iba haciendo camino; comenzando a comunicarme un poco más con ella. Además, aquella obsesión se estaba transformando en una especie de impaciencia, que crecía por momentos. En aquellas semanas me sentía impotente. Cuando físicamente estaba más cerca de ella (en clase) más lejos creía tenerla sentimentalmente y viceversa (en casa). Estaba confuso.

Pasaba el tiempo y yo sufría como un condenado a muerte. Mis amigos hacían todo lo que podían. Claro que a mí me empezaba a incomodar la idea de que al final dejara de ser yo el protagonista de ésta historia. Entonces lo que hice fue tomar medidas, digamos, drásticas y cortar por lo sano. Así que informé a mis colegas de que ya me encargaría personalmente a partir de ahora; total, el perjudicado soy yo. Entonces me puse manos a la obra y comencé a preparar mi monólogo para el gran día. Tomé precauciones y, para no confiarme demasiado, partí con que me daría la negativa.

Al cabo de media semana de duro sufrimiento y marginación me harté y decidí poner punto final a la espera: al día siguiente me lo jugaría todo a una carta. El desastroso día cayó en Jueves. El Jueves 20 de Marzo de 1997.

¡Riiiing! Suena el despertador. ¡Ánimo! ¡Puedes hacerlo! No podía dejar de pensarlo; no me pude concentrar en otra cosa en todo el día. Llegué al instituto. A primera hora, Catalán. Aproveché la puntualidad de la profesora para darle a Ella el ultimátum:

Me di cuenta de que me había descubierto las intenciones, pero disimulé. A segunda hora teníamos Matemáticas. La profesora nueva, la tercera, tenía una acento latinoamericano y era un poco sosa de carácter. A tercera hora no hicimos Lenguaje ya que nos invitaron, los de Teatro, a un chocolate con churros a cargo del departamento de Cocina. Me pareció una magnífica actuación y, por lo visto, a mi tutor también porque el hombre no paraba de reír. En una parte del show vi a, ¡Ella! ¡Claro, piensa un poco, ella también hace Teatro! Pero… ¡Iba en minifalda! Nunca le había visto las piernas. Eran blancas, pero eso sí, bien hechas. Me enamoraba de sus piernas cuando me fijé en la chica que bailaba al lado. También era de mi clase y también iba en minifalda, ¡pero más corta aún! La chica era de lo más exuberante. Con un gran esfuerzo logré desviar la mirada de aquel cuerpo provocador (mi afición a observar la carne no había desaparecido totalmente). Acabó la fiesta cuando el recreo aunció su llegada.

Nos reunimos los de siempre en el lugar de siempre a la hora de siempre, para hablar de las tonterías de siempre; en pocas palabras: un recreo como otro cualquiera. El timbre de las once nos pegó un grito para que subiéramos a las correspondientes clases. Ahora teníamos clase con Marisa (mundialmente conocida como La Sargento). Yo creo que no es tan mala como dicen los rumores; claro, un poco insoportable sí que llega a ser, pero nada más. Acto seguido recibimos la clase de Inglés. Nos ordenaron completar una canción de Oasis llamada Wonderwall. Es ese tipo de canción que te hace sentir como una euforia primaveral incontrolada. Because maybe… decía el estribillo. No sé lo que significa (ni me interesa), pero sonaba bien. Miré a Ella. Estaba más seria de lo normal; un gesto que me inquietó. Me imaginaba por qué. Seguramente su compañera de mesa, que estaba al tanto, le habría adelantado información.

Sonó el timbre, que, por cierto, estaba algo afónico a causa de un inoportuno chicle. Estaba nervioso, mi corazón estaba practicando artes marciales contra mi pecho, mi vejiga estaba para reventar de exceso de orina, la respiración se me aceleraba. Estaba totalmente histérico. Salía de la clase, Ella venía detrás, me paré en el pasillo y ella hizo lo mismo. Esperamos a que se despejara la zona. Me pareció que teníamos el gesto algo descompuesto. Comenzó la conversación:

Su cara reflejó una inocencia y tristeza muy profundas. Como si me quisiera decir algo malo de la manera más dulce posible.

Y nos separamos. Yo fui al baño a descargar mi vejiga; ella salió al patio. Pedí a mis compañeros que me dejaran sólo (no les costó mucho). Lo más extraño es que tenía una sonrisa dibujada en el rostro cuando subí a clase. Me sentía liberado. Liberado de aquella obsesión que me perseguía y me acechaba. El hecho de que me diera la negativa personalmente me quitó las ilusiones de salir con ella. Y creo que es mejor así. El problema es que éstas cosas no se olvidan en dos días. A última hora teníamos Historia (o, lo que es lo mismo, siesta). Ella se sentó más lejos que de costumbre. Lógico. En su lugar cualquiera hubiera hecho lo mismo. A mitad de clase recibí un mensaje de su compañera habitual de mesa (que daba mucho que ver), el cual decía así:

NO TODO ESTÁ PERDIDO, YA ENCONTRARÁS ALGUNA.
Y SOBRETODO ¡ÁNIMO! ¡¡GUAPETÓN!!

¿Guapetón? Ni siquiera mi madre me había dicho eso nunca. Me ruboricé, y luego sonreí. Tenía razón, aquí no se acaba el mundo; al contrario. Y pueden creerme si digo que se saca provecho de todo: de lo bueno y de lo malo. Pero ahora… ¡¡A DISFRUTAR, QUE LLEGÓ LA PRIMAVERA!!

FIN

Es un honor para mí que hayas leído asta aquí y te haya parecido gracioso. Si no, pues nada, siento que hayas perdido algunos minutos en este texto. Este relato lo escribí con 15 años tras ser rechazado por una chica de mi clase en el instituto. Para desahogarme decidí escribir la historia (un poco adornada, eso sí) y presentarla a un concurso literario del instituto. Me dieron el primer premio ex-aqueo en la modalidad de relato breve.

Con esto no pretendo presumir, ni mucho menos, sino mostrar de que uno puede aprender de cualquier situación y sacarle lo mejor a la vida, por muy mal que te vayan las cosas. Ten en cuenta que esto fue escrito por un adolescente de 15 años que no se comía una rosca (aunque todavía no he cambiado de política). Podía haber retocado las cosas que ahora leo y no me gustan pero eso hubiera nublado el recuerdo.

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